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El amor en el verano
El verano puede recibir mil calificativos, pero uno irrevocable: es inevitable. Sea como fuere, con ganas o sin ellas, enero y febrero deben vivirse. Con la felicidad de exhibir los resultados del gimnasio o la dieta, la nostalgia del cuerpo pasado o la sana resignación por épocas pasadas.

por karina lopez
fotografias de archivo

Todo es innegable: durante los meses estivales las fantasías eróticas parecen multiplicarse y convivir como exaltadas dentro de los muros de la conciencia. Se imaginan historias, aventuras, romances de película, o simplemente la posibilidad de encontrar un amor ajeno a tanta pompa.
Ocurre que el motor que alimenta a la imaginación se propulsa por ese deseo de cambio que llega con la época. Y un cambio que pasa primero por el paisaje: viene la playa, un viaje en avión, un crucero por el mar, etc. La renovación en cualquiera de sus sentidos genera siempre expectativas. Que no es otra cosa que ingresar a la sala de espera de lo que deseamos que comience a ocurrir.

“El sexo con amor es realmente espléndido.
Pero el sexo sin amor es muy bueno también,
no quisiera calumniarlo". - Adolfo Bioy Casares

Así como se ha legitimado que el invierno sea el tiempo del trabajo, de las responsabilidades, del estudio, se ha legitimado que el verano sea el del ocio, el del entretenimiento. Es la Sociedad la que imparte que ocurra de esa forma. Los rituales de la seducción están siempre presentes, sin importar temperaturas, ni almanaques. Pero es en el verano cuando se potencian, no por fenómenos complejos, sino, señores, por la simple operación matemática de la suma y de la resta: menos ropa, más piel. Así de sencilla es la idiosincracia latina.

Cuando calienta el sol...
Con un traje de baño las tentaciones se precipitan con una velocidad en nada comparable a la que genera una pollera que sólo deja ver los tobillos.
“Nadie escapa a la pulsión del voyeurismo”, como decía el amigo Sigmund Freud. Y es que con tanto estímulo visual durante el día y la noche, más el clima permisivo propio de toda relajación, la frecuencia sexual parece estar indefectiblemente condenada a incrementarse. Y bienvenida sea.Un dato para tener en cuenta: las estadísticas versan de una gran realidad. Nueve meses después del verano nacen más bebes que el resto del año.

Pinamar aventura
Hay quienes disfrutan de un toque de riesgo en el sexo. Por ejemplo, la posibilidad de ser descubiertos. Su ambiente predilecto queda bastante lejos del dormitorio: les encanta hacer el amor a cielo abierto. Una salida nocturna a la playa puede ser una opción. No cuesta nada olvidar que no existe nada más molesto que la arena entrometiéndose por todos lados. Se busca un lugar solitario y alejado de toda iluminación. Si están con auto, todo queda en el estacionamiento improvisado. “Mirá, allá está bien oscuro” dice ella. “Me gusta más ahí” sugiere él. Comienzan los besos, las caricias y la ropa se desliza hasta los pies. De un momento a otro alguien podría descubrirlos, o espiarlos, mientras hacen el amor. No es un gran riesgo, pero alcanza para alimentar la pasión y sumarle una sensación de peligro.

En los emancipados aÑos setenta, el control de la natalidad estuvo a disposicion de todos y las relaciones poco complicadas eran posibles. Pero el clima cambio debido al SIDA. Las relaciones estables y la bendicion de la monogamia son consideradas las formas mas saludables de vivir...

Para muchas personas, el peligro y el riesgo son afrodisíacos. “Nos excitamos con mayor intensidad cuando peligra el equilibrio, cuando estamos suspendidos en la azarosa frontera entre el éxtasis y el desastre” explica el psicólogo norteamericano John Morin, autor de “La Mente Erótica”. En la zona de la frontera para ingresar en 4x4, escondidos en el bosque (otro de los beneficios de la temprana forestación pinamarense), resguardados en las sombras de los balnearios (mucho extrañan el tiempo cuando no se leventaban las carpas de noche), o en los oscuros de la agreste avenida del mar, el sexo siempre es una posibilidad latente. Habrá que resignarse entonces... que nadie es perfecto.

 

 

 
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